Saturday, October 01, 2005

Educación sin arte ni juego

EDUCACIÓN SIN ARTE NI JUEGO

Doce años que nos parquean en colegio están dedicados a desarrollar la razón en desmedro del resto de nuestras facultades. Nadie nos enseña a desarrollar nuestros sentidos, nuestra intuición, nuestro sentido lúdico y artístico. Si a un padre de familia se le pregunta qué opina de la enseñanza artística, es probable que frunza el ceño, pues al parecer ha escuchado una herejía. Prefiere cosas prácticas para sus retoños, como el inglés o la computación. Esto no viene solo, porque muchos padres inclinan a sus hijos a un mundo ferozmente competitivo, en lugar de formar almas nobles y plenas de sentido humano, de solidaridad, de paz y de capacidad para percibir la belleza de la vida.

De este tipo de educación bancaria hablaba Paulo Freire, al observar que los pobres alumnos parecen cuentas de ahorro en las cuales los profesores depositan durante doce o más años un número abrumador de conocimientos, pero desprovistos de inteligencia creativa. Si los niños no son capaces de usar sus sentidos, de apreciar los sonidos, los sabores, las texturas, los colores y los aromas, ¿se consolarán aspirando el olor de sus computadoras o la musicalidad del inglés comercial? Si no aprenden a usar su intuición, a crear con todo el cuerpo y no solamente con la razón, ¿cómo tendrán más tarde sensibilidad para amar a su pareja o a sus hijos?

La educación artística es una educación humana que teje relaciones de solidaridad, porque los niños se acostumbran a comportarse con la armonía de una orquesta y no con la disciplina de un reformatorio. El arte está reñido con toda forma de autoritarismo. Hay una trama de mutuo entendimiento y empatía entre un artista que enseña y unos niños que aprenden arte. Aun si no son virtuosos más tarde, bastará haber aprendido a apreciar las artes para gozar de equilibrio en sus vidas, y sobre todo, de mayores mecanismos de defensa contra una vida cada vez más injusta y con menos posibilidades de superación.

Las materias artísticas son menos importantes que el deporte. Hay un asomo de conciencia ambiental a fuerza de incorporar esos temas en la curricula, pero no hay una conciencia patrimonial. En los colegios no se enseña a amar nuestro patrimonio monumental y el otro, el intangible. No tenemos una noción clara de la fiesta como horizonte de conocimiento de nuestras culturas. ¿Cómo vamos a respetar, entonces, el legado de nuestros mayores si no se estimula ni siquiera el inventario de dicho legado?

Cierta vez mi amigo Mario Vargas Cuellar me decía que los cargadores que llegan del norte de Potosí son todos músicos. Quizá muchos de nuestros niños tienen esas aptitudes, pero resulta curioso que la enseñanza de la música se reduzca al aprendizaje de himnos para la peor de las ceremonias decimonónicas es una hora cívica. Nuestros niños son analfabetos musicales, cuando será tan sencillo enseñarles a leer música desde chicos. Enseñarles a jugar con la imaginación desde los primeros cursos. Instruirlos en el uso de la paleta, de la cocina, de las artes manuales y escénicas. Este es un error de principio que se arrastra desde hace más de un siglo. ¡Y al parecer no hay remedio!

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