Saturday, October 01, 2005

El arcón y la hurí

Confieso que envié una novela al Premio Internacional Alfaguara y esperé ansioso el resultado, que me fue adverso, porque ganaron Graciela Montes y Ema Wolf, dos escritoras argentinas, y me dije filosóficamente que jamás había podido con dos mujeres, y menos a la vez. Quedé un tanto desengañado, pero al fin compré "El turno del escriba" y su lectura me devolvió la tranquilidad: es una novela estupenda. Es una gran novela; aun más, es una alegoría sobre el arte de escribir que ilustra muy bien las peregrinas ideas que comparto con los alumnos de mi Taller de Escritura Creativa (ramonrochamonroy.gmail.com).

Cuando Rustichello, el escriba preso en una mazmorra de Génova, recibe como compañero de celda a Marco Polo, siente que su cabeza –su panino—que él intenta ordenar prolijamente, se ha convertido en un arcón revuelto cuya tapa no cierra. Las anécdotas que cuenta el viajero son tan deslumbrantes que el escriba siente vértigo: "ahora todo se confunde. Las imágenes no danzan, zumban; tampoco están solas, las perturban otras, fugaces. […] El pisano se esfuerza por gobernar el caos, saca, pone, ordena, pero su esfuerzo se desmorona."

Las autoras hacen un inventario de ese caos: "Rustichello suma y mezcla. Un trueno y una gallina, hombres-perro, monedas, comedores de carne con salsa de ajo, encantadores, hígados palpitantes, princesas crudas --¿qué habría dicho su maestro de semejantes descarríos?--, y como si todo eso fuera poco: tártaros. Demasiado para su cabeza. El arcón no ha de cerrar ni aunque se siente sobre la tapa." El magma mental que habita su cabeza se ha convertido en "un misterio del que apenas entrevé fragmentos, hilachas, los hilos de vapor que libera un caldero tapado. Esa porción del mundo se agazapaba al acecho."

Tras diez días de divagar, siente que ha llegado el "fruto de la consumación de su encuentro amoroso con cierta idea." Lo hermoso es que Rustichello ve que esa idea "iba desnuda y velada, como esas huríes de las que hablaban los sarracenos de Sicilia en sus horas de nostalgia". La idea "era seductora, aunque esquiva, con una pertinaz tendencia a desvanecerse en el aire." Quiere atraparla, pero su única arma es "el lenguaje de la corte, la vana retórica que dice sin decir y las más de las veces apenas insinúa". Pero vuelve una y otra vez, hasta que el escriba halla cómo tomar esos relatos enredados para tejerlos, según su oficio, "dándoles un comienzo, un final, y bellas palabras apropiadas".

Eso es el arte; la consumación de toda obra creativa: llenar el arcón de la mente, ese magma mental que se origina en la percepción de los sentidos, la memoria, la intuición, las revelaciones, los sueños, las premoniciones, la nostalgia, la dicha, la desdicha. Llenar el arcón hasta no poder volver a cerrarlo; y entonces trazar un plan, que consiste en buscar la idea ordenadora, que se presentará como una hurí, desnuda y velada, esquiva y huraña, hasta que nos permitirá ordenar ese material y convertirlo en una obra de arte: en este caso, en una gran novela como es "El turno del escriba".

0 Comments:

Post a Comment

<< Home