Saturday, October 01, 2005

LA LOCA DE LA CASA


LA ESCOBA DE LA IMAGINACIÓN
La loca espiaba muy divertida a través del ojo de la cerradura y contenía la risa al ver las maniobras clasificatorias de esa señora lavada, limpia, pulcra, cubierta con guantes de cirugía que tomaba su escoba conceptual y agrupaba pelusas, colillas, papeles, restos de comida, envolturas de caramelos y juguetes en pequeños montones, ejerciendo esa manía aduanera que le imponía la obligación diaria de ordenar, inventariar, dividir las cosas según su género y especie y destinar a cada una un compartimiento estanco, lo mismo en la basura que en los estantes y cajones de la casa.

La loca nos hizo un gesto incitante para que compartiéramos el espionaje, y como el ojo de la cerradura no abastecía para tantos invitados ansiosos, febriles, ávidos de risa y de divertimentos nos llevó al patio de atrás, suplicándonos silencio con el dedo índice pegado en sus labios distendidos por una sonrisa, los ojos echando chispas de locura y los gestos desmedidos de un mimo o un clown. Así asomamos apenas nuestras cabecitas, muchos de nosotros parados de puntas. ¿Quiénes éramos? Alcancé a ver a mis compañeritos más divertidos: la intuición, la conjetura, los cinco sentidos, los sueños, los sentimientos… ¿Pero qué hacía la señora de la escoba?

¡Ella también espiaba! Espiaba las tareas de un niño atribulado por la lectura aduanera de una novela tediosa que le había impuesto su profesora. La señora de la escoba tomó con aires de institutriz el guión de la tarea y dio un suspiro de satisfacción: el niño debía agotar el libro como un vista de aduana que detiene una flota, hace bajar a los pasajeros, les exige documentos y revisa su equipaje sin olvidar ni los bolsillos. ¿Cuántos personajes? Sus nombres. Sus señas de identidad. Descripción somera de cada uno. Procedencia y destino. Lugares que visitaron. Cosas que les ocurrieron. Detalles topográficos: nombre del autor, género, fecha en que fue escrita, fecha de edición, período y escuela a la que pertenece, nombre de la editorial, país y año de edición.

Ah, pero la señora de la escoba exigía un segundo guión que dificultaba aun más la ya de por si tediosa lectura del niño: le pedía un inventario de figuras literarias, de modo que el niño debía presentar al final una planilla Excell con el número y la ubicación exacta de los oximorones, metáforas, metonimias, polisíndeton, hipérboles y otros monstruos que encontrara, cuyos nombres transportaban al pequeño lector hacia la guerra de las galaxias, al señor de los anillos y al cine fantasioso que había sustituido las lecturas recomendadas por la señora de la escoba.

Como hablaba en un tono nítido, sin bajos, con una voz aislada de toda contaminación orquestal, las palabras de la señora se escuchaban clarito, y la Loca nos convocaba a oírla, y a ver las convulsiones de su escoba que parecía barrer las páginas del libro y clasificar las palabras en pequeños montones, ejerciendo esa manía aduanera que le imponía la obligación diaria de ordenar, inventariar, dividir las palabras según su género y especie y destinar a cada una un compartimiento estanco, lo mismo en la basura que en los estantes y cajones del libro y la memoria del pequeño lector.

Con todo, el tormento no duró mucho porque otras actividades útiles demandaban la presencia de la señora. Hizo mutis unos minutos que el niño aprovechó para encender el televisor sin sonido y de pronto apareció vestida con un estilo sastre, bolso en mano, el pelo recogido en un moño conceptualmente impecable, visiblemente dispuesta a salir. El niño apenas tuvo tiempo de apagar el televisor accionando el control, pero cuando salió la señora se zambulló en el sofá y extrajo de sus fondos restos ominosos de pipocas, papas fritas y botellas de refresco a medio consumir. Captó un canal de música estridente y se entregó a la alegre tarea de ensuciar y desordenar la habitación.

La tentación fue más fuerte que nosotros: tocamos el vidrio de la ventana y nos abrió la puerta. Entramos en torbellino y entonces hubo que ver con qué entusiasmo le ayudamos en su tarea desclasificatoria. La loca era, por supuesto, la más entusiasta. Descubrió de inmediato lo que no habíamos visto: ¡la escoba de la señora! Se puso a bailar con ella y así danzando descontrolada tropezó con el basurero y echó al piso las colillas y papeles y envolturas de caramelos y restos de comida que tanto le había costado clasificar a la dueña de la escoba. Abrió luego los cajones y echó al piso su contenido; vació estantes y vitrinas y luego imitó a la dueña de casa en su acto clasificatorio de barrer. Sólo que en manos de la loca la escoba aduanera se convirtió en sus antípodas mentales, si vale el término, pues atacaba una sección ya clasificado ¡y la desordenaba! No juntaba la basura en montoncitos: ¡la dispersaba! No cuidaba el orden de los oximorones e hipérboles: lo convertía en la cadencia y la música orquestal o caótica del texto leído por el puro goce de la lectura, sin comentarios.

¡Cómo quedó el departamento! Era un magma en movimiento en el cual las cosas antes clasificadas parecían átomos de una sustancia no aislada, pero ni siquiera nombrada.

No obstante nuestra alegría, la fiesta debía terminar porque en cualquier momento retornaría la señora y usaría la escoba para partirle la cabeza al pequeño lector. Así pues, nos dimos a la tarea de guardar todo en un arcón, un arcón gigante y desordenado cuya tapa no pudimos cerrar por más que nos sentamos sobre ella, sobre todo porque la puerta sonaba y la prsencia de la dueña de casa era inminente. Nos fuimos detrás de la Loca, por la puerta de servicio, mientras el niño volvía a sus tareas.

Volvimos de noche; el niño dormía; la señora bebía yogurt sentada en una silla del comedor con la espalda muy derecha y el ademán urbano al llevarse la cucharilla a los labios. A ratos miraba el arcón y un rubor de furia le subía a las mejillas. Parecía dispuesta a ordenarlo todo otra vez antes de acostarse. De pronto entró de puntas su marido, depositó con cuidado valija e impermeable en el suelo y la abrazó sorpresivamente por la espalda. Ella volcó el rostro y él la besó en la boca mientras una de sus manos se internaba bajo el sostén y le acariciaba uno de sus castos senos. La señora se puso de pie, abrazó al marido y lo llevó junto al arcón iniciando una visible filípica contra el niño. El marido sonrió mientras su mano se colaba bajo el vestido de ella, luego abrió el arcón y comenzó a extraer cosas y cosas. Cada una convocaba visiblemente un recuerdo, una nostalgia, un momento feliz; el álbum de fotos los obligó a sentarse en la alfombra y a intercambiar miradas tiernas y besos. Alguna de ellas guardaría la memoria de un momento tan especial que el marido avanzaba en sus caricias hasta que no pudo más y le hizo el amor allí, sobre la alfombra, en nuestras narices.

Buena parte del contenido del arcón quedó desparramada en la alfombra. Antes de irse al dormitorio, con la ropa desarreglada, la señora paseó una mirada circular, pero sus ojos habían perdido el frío glacial del día. Estaban acuosos, misteriosos, felices. Mañana volvería a tomar la escoba y a ordenar la casa. Porque aquella noche estaba reservada para nuevas caricias.

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