Saturday, October 01, 2005

Sobre el acto de ubicarse

SOBRE EL ACTO DE UBICARSE

Leí en alguna parte que los judíos ortodoxos, cada vez que se despiertan luego del sueño nocturno, agradecen a Dios por haber hecho que retorno su alma, pues bien pudo haberse perdido durante la noche, al separarse del cuerpo mientras duró el sueño.

Sin ser judíos, todos practicamos de algún modo el mismo rito. Cuando despertamos hacemos de inmediato una composición de lugar, y una vez que comprobamos que ese es nuestro dormitorio, o la habitación de un hotel si estamos de viaje, o la recámara de la casa de un amigo si nos alojó, entonces damos un suspiro de alivio. Los elementos del día, incluida la agenda que nos espera, se van ordenando en pocos segundos y entonces podemos saltar de la cama y comenzar el día con el guión perfectamente compuesto.

Los viajeros frecuentes y los amantes empedernidos suelen no reconocer el lugar donde han pasado la noche, y por segundos o fracciones de segundo, sienten el pánico de no ubicarse, de no situarse en el espacio y el tiempo. Algo parecido pasa con quienes padecen la angustia o la náusea existencialista, los locos y los poetas.

El ejercicio mental más constante, paralelo a nuestra razón, es el acto de ubicarse, de situarse. Vivimos situándonos constantemente, aunque ese ejercicio sea tan inconsciente como la respiración.

Con estos elementos, podemos juzgar la trascendencia que tiene para el arte narrativo la súbita desubicación en el espacio y el tiempo. Quizá el ejemplo más ilustre es el de "La Metamorfosis" de Franz Kafka:

"Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto". Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo.

Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas."

El inicio de esta novela es tan angustioso y preciso que Kafka bien pudo haber prescindido del resto del texto.

Ejemplos hay muchos. Flaubert decía que basta contemplar largo rato una cosa cualquiera para que se vuelva interesante. Marx hubiera dicho: físicamente metafísica. Cortázar hace que sus personajes entren en una galería de Buenos Aires y al salir aparezcan de pronto en París. Gary Daher pone en situación parecida a un viajero que llega a un hotel extraño que es un laberinto donde nadie lo reconoce.

Uno puede conjeturar otras situaciones parecidas.

Imagínense que alguien sube al minibús de costumbre y, cuadras más allá, presta atención a la calle y se da cuenta que no sabe dónde está: ésa avenida no es la San Martín, y la gente que ve no parece cochabambina, y los letreros del minibús anuncian destinos desconocidos.

2 Comments:

Blogger Roberto Iza Valdes said...

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8:02 PM  
Blogger Roberto Iza Valdes said...

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6:33 PM  

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